El Sendero del Druida

Casi todo el mundo ha oído hablar de los druidas, aunque sus únicos referentes sean Panorámix, el icónico personaje de Ásterix y Obélix, una de las clases míticas de los juegos de rol o las fotografías que vemos en la prensa durante el solsticio en los monolitos de Stonehenge. Incluso en esas formas veladas, la imagen del druida, el sabio que está en comunión y armonía con la naturaleza, ha llegado hasta nuestros días.

Los druidas “originales”, por llamarlos de alguna manera, vivieron muchos siglos atrás en los países celtas del noroeste de Europa, en los territorios que hoy ocupan el norte de España, Irlanda, Gran Bretaña y Francia.

Durante la Revolución Industrial su ejemplo y las tradiciones que sobrevivieron a lo largo de los años inspiraron a grupos reducidos para comenzar a fraguar un druidismo contemporáneo. Este movimiento pasó a llamarse Renacimiento Druida o neodruidismo, y no ha dejado de florecer desde entonces pasando de ser una práctica fundada en Inglaterra a extenderse a todo el mundo en la actualidad.

Las Fuentes del Druidismo.

El Druidismo es una tradición moderna de espiritualidad en armonía con la naturaleza. Si bien tiene raíces en tiempos ancestrales, la historia del druidismo en su forma actual se remonta solo al siglo XVIII. No fue fundado por una sola persona, ni una única organización la que hizo que el movimiento druídico moderno echara a andar. Emergió poco a poco, en el transcurso de muchos años mientras cientos de personas por su cuenta y reducidos círculos de amigos amigos comenzaron a explorar una posible concepción de la realidad que contemplara la presencia de las espiritualidad en la naturaleza.

¿Es una religión? Depende de cada persona, para algunos puede serlo. Otras, en cambio, lo consideran una filosofía, una práctica o un estilo de vida. Algunos druidas participan en otras prácticas religiosas siendo capaces de compaginar ambas.

El druidismo es una orientación, una manera de prestar atención a los aspectos más espirituales de la naturaleza, contemplar la humanidad como parte de esa naturaleza viva y de vivir en relación con la biosfera y las presencias espirituales del mundo natural. Cada druida expresa esa orientación de un modo completamente personal. Libros, maestros y organizaciones suelen ayudar a encontrar nuestro propio sendero.

Para entender las raíces del druidismo moderno conviene retroceder al pasado remoto. Las personas de aquel entonces habitaban en pequeñas tribus y hablaban diferentes variantes de una lengua común. Cultivaban trigo y cebada para alimentarse, criaban vacas, cerdos y ovejas, recolectaban frutos secos y plantas silvestres en los bosques, cazaban animales salvajes y pescaban. Vivían en pequeñas aldeas diseminadas, en casas parcialmente excavadas en la tierra o hechas a base de piedras para así proteger del frío en invierno y el calor del verano. Adoraban a diversos dioses y diosas, celebraban complejos calendarios de festividades y ceremonias locales, y apreciaban la música, la poesía y las leyendas…

Nadie sabe donde surgió aquella primera versión del druidismo. Es posible que la crearan los propios celtas de la antigüedad. O tal vez se la transmitieran los habitantes que poblaron aquellas tierras antes que ellos llegaran, pueblos olvidados que construyeron Stonehenge y otros círculos megalíticos por aquellos lares.

Sencillamente, lo desconocemos. Lo que sí sabemos es que cuando viajeros griegos y romanos llegaron a las tierras deltas de la Europa, encontraron allí, viviendo entre las tribus a druidas: hombres y mujeres que dedicaban su vida a la sabiduría.

Aquellos druidas conocían los poderes de las plantas y las piedras, y los ritmos de los planetas y las estrellas. Componían poemas, recitaban mitos y leyendas tribales y transmitían su sabiduría a quienes estaban dispuestos a escucharla y aprender. Los druidas no eran sacerdotes o sacerdotisas; El nombre que estos buscadores de conocimiento usaban para describirse probablemente significara «sabios de los robles» en galés, un idioma que desciende de la antigua lengua de los celtas.

Jóvenes de ambos sexos que aspiraban a convertirse en druidas aprendían como discípulos de un druida experimentado. Dado que las enseñanzas de los druidas no estaban registradas por escrito, todo tenía que memorizarse, y algunos alumnos tardaban hasta veinte años en aprender todo lo que requería para convertirse en druida. Una vez completados los estudios, no volvían a participar en guerras y consagraban su tiempo a la enseñanza y a los quehaceres druídicos. Algunos se casaban y tenían descendencia, otros no. Los druidas más sabios se convertían en asesores de reyes, pero muchos otros llevaban vidas más humildes; vivían y trabajaban en una aldea y se dedicaban a enseñar a los niños, a curar a los enfermos y a realizar ceremonias para los lugareños.

Tal era el panorama cuando los romanos comenzaros sus campañas para conquistar el noroeste de Europa…

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